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Historia
San Carlos del Valle
Aunque en el entorno de San Carlos del Valle se han hallado vestigios prehistóricos, romanos y árabes, el origen del pueblo se vincula a un enclave de devoción hoy desaparecido: la ermita de Santa Elena, construida posiblemente entre los siglos XII y XIII, donde se veneraba al Santo Cristo del Valle. A partir de ese lugar, nació una historia en la que se mezclan fe, leyenda y una arquitectura que terminaría transformando por completo este rincón manchego.
Cuenta la tradición que hacia 1640 llegó un peregrino al valle del Puerto de Santa Elena y, al caer la noche, pidió cobijo en una venta. No tenía con qué pagar, pero le dejaron dormir por caridad en un pajar cercano a la ermita. El mayoral lo dejó encerrado y, al amanecer, cuando fueron a abrirle, el peregrino había desaparecido. El pajar apareció sin paja y, en una pared tosca, se halló pintada una imagen del Cristo a tamaño real. Aquello fue interpretado como un suceso milagroso y la devoción creció con fuerza: comenzaron a llegar peregrinos, y con ellos, legados y donaciones en agradecimiento por los favores recibidos.
Esa afluencia de fieles y el peso creciente del santuario impulsaron la construcción del conjunto monumental que hoy define al municipio. La Corona y el Consejo de Órdenes Militares promovieron la edificación de la gran iglesia y de los edificios que conforman la actual Plaza Mayor, levantada entre 1750 y 1770, un espacio de planta rectangular con columnas de piedra y galerías de madera que parece salido de una postal. Su diseño es singular: en un lado se sitúa el antiguo Ayuntamiento, con balcón voladizo sobre ménsulas de madera; en otro, la Casa Grande de la Hospedería, con patio de carros y galerías interiores, mientras que los arcos de ladrillo abren paso a calles radiales, amplias y rectas. En 1993, el conjunto fue declarado Bien de Interés Cultural.
Presidiendo la plaza se alza la Iglesia del Santísimo Cristo del Valle en la Plaza Mayor, construida entre 1713 y 1729 y restaurada en varias ocasiones. El templo, de barroco tardío con ciertos influjos neoclásicos, tiene planta de cruz griega inscrita en un cuadrado y destaca por su gran cúpula, cuya altura se acentúa con la linterna y la aguja. En las esquinas se observan cuatro figuras que, según la tradición, representarían a los cómicos que actuaban en la plaza, con instrumentos como castañuelas, laúd o almirez, en una escena que conecta con romerías y celebraciones populares.
La iglesia cuenta con una portada principal enmarcada por un arco de medio punto, y otra portada adintelada con columnas, donde sobresale un bajorrelieve entre columnas salomónicas de estilo churrigueresco que representa a Santiago Matamoros, en referencia a la Orden de Santiago, a la que pertenecía el santuario. El templo forma parte del conjunto monumental proyectado por Juan Alejandro Núñez de la Barrera en el espacio de la plaza Mayor.
Y como las tradiciones aquí no se quedan en los libros, cada 25 de abril, día de san Marcos, las panaderías elaboran el hornazo: una torta rellena con huevos cocidos y decorada con bolitas de anís o golosinas, un pequeño ritual gastronómico que mantiene vivo el calendario festivo del pueblo.